TIROIDECTOMÍA

El cirujano me recibe de pie y me estrecha la mano, casi con ternura. Me aparta el pelo y me examina la herida, pero no me mira. Vuelve a su mesa, teclea, ladea la cabeza, sonríe y, ahora sí, clava sus ojos en los míos:

-Es benigno

Mi madre respira y me acaricia la rodilla. El médico nos regala unos segundos de intimidad, mientras busco un trozo de papel y un lápiz. De buen humor, me dibuja -por enésima vez- un cuello y, en el centro, la tiroides abrazando a la tráquea.

-¿Ves? Es una glándula con forma de mariposa. Tu nódulo estaba aquí -rodea sus propios trazos- y yo corté por aquí, y cosí aquí…

No le escucho. Yo ya sé que me tragué unas mariposas: las noté bajar aquel día y luego instalarse en mi estómago y mucho más tarde salir, poco a poco. También sé que me quedaba una

dolorosamente atravesada en la garganta.

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