Hablen

 

Bendita cada onda, cada cable

bendita radiación de las antenas

mientras sea tu voz la que me hable

como me hablaste hace un minuto apenas.

Telefonía – Jorge Drexler

Reconozco la larga trenza negra porque la he reconstruido varias veces durante las guardias de patio. Su dueña suele acercarse al rincón donde busco un rayo de sol dando saltitos para calentarme, los días en los que hemos tenido bronca justo antes del recreo. Mordisquea un bocadillo y camina hacia mí enlazada del brazo de una amiga. No dice ni mu, pero se me para a unos centímetros, se da la vuelta, se quita la goma y se deshace de su compañera. No sé si viene a pedirme perdón, a que se lo pida yo, a que le riña o a asegurarse de que este enfado también se me pasará, porque no hablamos. A veces tengo la tentación de decirle que tiene la trenza perfecta o que no tengo ganas de arreglársela, pero no lo hago nunca. Recojo los pelitos que se le escapan por las sienes, aprieto los mechones, ajusto el elástico y le doy unos golpecitos en el hombro para hacerle entender que he terminado. Ella se vuelve, me mira a los ojos y me dice: “gracias, maestra”, justo antes de echar a correr.

Hoy he aprovechado la hora del paseo para acercarme al barrio donde trabajo. Y apurando la calle que me lleva al instituto, sentada a horcajadas sobre uno de sus compañeros de clase en un banco, reconozco, como digo, esa trenza desde lejos. Pudorosa, bajo los ojos rápidamente, pero él me ha visto y se lo cuenta. Ella se levanta y me grita: “¡Maestraaa!”. Sonríe y sonrío yo también. Nos separan ocho o diez metros de calzada que no me impiden ver cómo muta el gesto de su cara: el paréntesis de la boca se cierra, las cejas se fruncen, la barbilla tiembla. Levanto la mano en un gesto de despedida sin haber dicho una sola palabra -no las encuentro- y me alivia notar que la primera lágrima moja el borde de mi mascarilla cuando ya he torcido la esquina.

Me pregunto en estos días sobre el efecto de la cuarentena en la comunicación. Muchas hemos aumentado la frecuencia de las conversaciones con nuestros seres queridos e incluso recuperado el contacto con personas que, de forma permanente o provisional, habían desaparecido de nuestras vidas. Hablamos más y así conseguimos matar el aburrimiento, pero ¿cuántas palabras tienen ustedes atravesadas en la garganta? ¿Han conseguido escupirlas estos días? Lo cierto es que me doy cuenta de que el episodio de mutismo con mi alumna es una constante en nuestras relaciones. Hablamos de nuestra rutina, de política y puede que seamos incluso capaces de relatar a terceras personas cómo nos hace sentir alguien. Pero, ¿por qué resulta tan difícil pedir perdón, confesar un enamoramiento o preguntar ciertas cosas?

Por uno lado, quienes expresan sus sentimientos a pecho descubierto son vulnerables a los ojos de una sociedad para los que estos son un lastre y en la que la productividad y el éxito son los méritos más valorados en la vida. No solo priorizamos nuestra maltrecha vida laboral, nuestras necesidades de consumo (de cuerpos incluidas) o nuestra reputación, sino que dejamos por el camino cadáveres a los que no les damos ninguna explicación. Y es que ahí está el problema: hablar es también un compromiso, que una cultura posmoderna y enarboladora de un concepto perverso de libertad, más cercano al liberalismo, no está dispuesto a asumir. La comunicación suele requerir, por propia definición, continuidad o explicaciones ante una interrupción. Tiene hasta nombre, ghosting, esta deplorable y habitual práctica de desterrar a la más cruel e inesperada nada comunicativa a quien sufre esperando una respuesta.

Vivimos, por otro lado, en la perpetua cultura del zasca. Hablar es sentenciar. Me cuesta desprenderme, en mis interacciones, de la pegajosa sensación de que cualquier cosa que diga puede producir un enfado sin vuelta atrás en mi interlocutor. Una no solo debe tener un cuerpo perfecto, un trabajo de éxito y ser siempre feliz, sino que no puede desdecirse, ni siquiera matizar, no digamos ya negar todo lo que ha dicho anteriormente. Borro constantemente audios y mensajes de texto en aplicaciones de mensajería instantánea por miedo a parecer demasiado lo que sea. Cuando no lo hago, no hay segundas oportunidades sino castigos. Demasiado deprisa, demasiado borde, demasiado intensa, demasiado largo, demasiado imprecisa. Es axfisiante.

Se impone el silencio sancionador hasta en el camino de deconstrucción y aprendizaje hacia un mundo sin opresiones ni discriminaciones, que debería ser un espacio liberador. Y pienso, por ejemplo, en la punzada de celos que noto en un hombre al que le gusto. Avergonzado de su emoción, se enroca y se aleja, como si estuviera tomando conciencia de estar a punto de arruinarse la vida por no asumir en el tiempo socialmente establecido un amor no romántico de libro. No admite, no pregunto, no hablamos. 

Como ocurre en la música, en ocasiones el silencio forma parte de la propia comunicación y entonces presenta un valor incalculable. Sin embargo, en otras, la música se para porque se rompe una cuerda, se ralla el disco o se cae el wifi. Y entre ese silencio y lo que se dice cuando la comunicación se retoma, hay una verdad irremplazable: lo que se quiere decir. Tiren de ella, sáquenla a la luz, déjenla volar hacia su interlocutor. Hablen: sean bálsamo contra tribulaciones ajenas y propias. Yo les prometo que mi próxima trenza tendrá banda sonora.

 

2 comentarios sobre “Hablen

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