Millennials: otra vez

Somos los niños burbuja del fin de la historia,
x en ecuaciones
soñando con contratos fijos,
con libélulas que anhelan
dulces besos que se esconden
tras el brillo de las barras
de aquel bar donde te amé,
isla de resistencia,
tallando en cubitos de hielo
futuro y promesas.

Ismael Serrano. Somos.

El domingo 9 de marzo de 2008 los últimos trenes del día iban repletos de estudiantes oriundos de Andalucía Occidental camino de Granada. Era una imagen común de los domingos más felices de mi vida, pero aquel fin de semana, además, muchas nos habíamos desplazado a casa para votar. Cuando mis compañeras y yo llegamos a nuestro piso compartido, aquella noche, ya empezaban a saberse algunos resultados. Eran nuestros últimos años de carrera y Zapatero había comenzado a hablar de desaceleración, pero todavía no sabíamos la que se nos venía encima.

“Hoy, pizza familiar”. Aquella noche, ellas celebraron con alegría los resultados de las elecciones. Era lo corriente: en el ambiente universitario de la primera década del nuevo milenio, a la mayoría del estudiantado universitario progresista le valía con el PSOE. A las que, como yo, nos pillamos un berrinche viendo cómo IU se quedaba con dos escaños y perdía grupo propio, el “capitalismo amable” nos acordaba algunos espacios de resistencia a los que concedía la legitimidad justa para autoblanquearse: las movilizaciones contra la Guerra de Irak, las luchas por el pueblo palestino y saharahui, los movimientos altermundistas, que a las capitales de provincia europeas llegaban tan descafeinados…

No digo que fuera el caso de las personas más veteranas en aquellas luchas, a las que hoy considero mis maestras y maestros, pero me atreveré a afirmar que la mayoría de las jóvenes activistas de mi generación no éramos, entonces, menos reformistas que la juventud convencida por la cara bonita que el PSOE lucía en aquella época. La ley de dependencia, el aborto, el matrimonio igualitario… Tengo la sensación de que, más allá de la pose rebelde, asumíamos que nuestro único margen para cambiar el mundo era terminar de apañar los flecos de un régimen democrático con sus daños colaterales. Lo he pensado largo y tendido, puesto que me preocupa que se entienda que pretendo representar a alguien más que a mí misma, pero me permito el uso del plural mayestático porque, dado que luego vinieron momentos como el 15M o la impugnación del régimen del 78, creo que fuimos muchas las que, pese a haber sido educadas en los valores de la izquierda, nunca practicamos un cuestionamiento íntegro y serio del sistema capitalista, que tampoco formaba parte ni de nuestras preocupaciones reales, ni de nuestra educación sentimental, ni de nuestro imaginario colectivo.

Y me parece importante subrayarlo, porque a cierta edad dejamos de ser conscientes de que el tiempo pasa. El otro día escuché decir a Quique Peinado que para la gente que hoy tiene veinte años, la década de los 80 es como para mi generación eran los 50. Les resulta igual de rancia y lejana. Y sí, mi generación no es la del No a la OTAN, ni la de la huelga general a Felipe, ni la del movimiento insumiso, ni la del 0,7%, ni la de la lucha contra la LOU. Yo tenía diez años cuando Aznar ganó las elecciones, doce cuando se terminó de privatizar Telefónica y acababa de cumplir diecisiete cuando se firmó el pacto de las Azores que llevó a España a la guerra de Irak. Yo soy hija directa de una sociedad capitalista en su momento menos crítico. Pese a una intolerancia a la injusticia social que me acompaña desde que tengo uso de razón y que explica que me pasara la vida metida en berenjenales, no sentí que lo que me estaba jugando en la calle me afectara directamente hasta que las movilizaciones del 15M me pillaron trabajando en un país del que no podía volver sin perder absolutamente cualquier perspectiva de futuro.

Lo que nos pasó tras explotar lo de 2008 es de sobra conocido y, pese a estar muy tentada, no voy a detenerme a detallar cómo todo lo que aquellos niños y niñas crecieron escuchando que debían hacer para tener éxito saltó por los aires, dejándonos completamente desprovistas de herramientas de defensa o resistencia. Estoy segura de que recordarán ustedes aquel artículo de la querida y desafortunadamente ya desaparecida Concha Caballero, Las ilusiones perdidas. Se decía, entonces, que éramos la generación más preparada de la historia, pero lo cierto es que no teníamos ninguna herramienta ideológica o emocional para recomponernos. Vino el 15M y adquirimos gestos que hemos sido capaces de mantener y que han revitalizado, puntualmente, la democracia, pero la apabullante victoria neoliberal en aquella crisis queda perfectamente demostrada, a mi juicio, con la entrada por la puerta grande del neofascismo, cuyas victorias dialécticas considero más significativas que las electorales, que ya es decir. Los niños-burbuja del fin de la historia salimos de la crisis del 2008 agachando la cabeza, aceptando las migajas y sin ningún tipo de mecanismo colectivo que nos permitiera no volver a vendernos por tres cacahuetes cuando vinieran a tentarnos de nuevo, como han hecho en los últimos años con contratos y sueldos basura. Y sálvese quien pueda y quien quede, porque muchas no pudieron volver nunca.

Y así está la cosa otra vez: ERTES (menos mal), despidos, vuelta a casa de los padres, alquileres imposibles, ninguna propiedad, ninguna posibilidad de planear el futuro y esta vez, sorpresa, limitaciones para irnos a trabajar al extranjero. Y diez años más, que se dice pronto. ¿Va siendo hora de protagonizar un relato generacional que se aleje de los intentos ultraliberales de ensalzar un emprendimiento de pacotilla, que vive de privatizar servicios públicos y explotar a la clase trabajadora y culpabilizar a todo aquel que no tenga capacidad para “hacerse a sí mismo”?

Va siendo hora, queridos y queridas. Va siendo hora, primero, de darnos cuenta de que somos clase trabajadora, deudora de derechos laborales y sociales -los que quedan- de personas que los pelearon con su vida. Que nos reivindiquemos como tal y que nos cuidemos a nosotras y a nosotros mismos, porque nadie más va a hacerlo. Y eso implica organización y sindicato. Va siendo hora de abandonar el sueño de pegar un pelotazo y hacerse rico y de entender que en ningún caso nuestro éxito depende de nuestra capacidad de trabajo. De hecho, va siendo hora de repensar el éxito. Y va siendo hora de feminizar la vida. De buscar una salida colectiva a esta nueva crisis y de entender que es imposible salvarse solo o sola. De poner los cuidados en el centro, que no es otra cosa que dignificar los servicios públicos, dotarlos de los mejores recursos y de los mejores profesionales. Va siendo hora de darle al cuidado del planeta la importancia que tiene. Y va siendo hora de posicionarse. De dejar de practicar el sudapollismo y dar la batalla. De salvarnos, repito, nosotras a nosotras.

¿Quién, si no, va a venir a hacerlo?

2 comentarios sobre “Millennials: otra vez

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