Que sí. La gorda.

“Estoy contigo por tu olor, no por tu perfume.”

Kanka

En la tarde de un lunes de hace algo más de un año, yo era la dovela central de un semicírculo formado por nueve personas encima del escenario del teatro donde ensayábamos. En su interior estaban la profesora y un compañero, a la que esta había pedido que eligiera a alguien para su equipo. Íbamos a realizar un ejercicio de calentamiento. Aquel chico, menor de edad y con una discapacidad intelectual, abrió muchísimo los ojos y me dedicó una sonrisa enorme. Las miradas del resto se dirigieron a mí, mientras él subía el brazo y me señalaba con el índice. Cogió aire, tartamudeó un poco y antes de dar una palmada, gritó: “¡La gorda!”. Los demás simularon no haberlo escuchado y la profesora me miró, lo tomó por los hombros y me dedicó una sonrisa forzada: “Bueno, ellos son muy sinceros”. Yo sonreí para disimular el temblor de barbilla y seguí trabajando, aunque no recuerdo absolutamente nada más de aquella tarde en la que lo único que quería era irme de allí. Poco después dejé el grupo, que hasta entonces me había hecho tan feliz, poniéndome un montón de excusas a mí misma y a los demás. Por mucho que analizaba racionalmente lo que había ocurrido, fui incapaz de superar la humillación.

Miren: yo me he pasado toda la vida intentando dos cosas. Una, adelgazar. La otra, que las personas que me rodeaban olvidaran que era gorda. Crecí cantándome ese versito de la banda sonora de la Bella y la Bestia que dice “la belleza estáaaa en el interioooor”. Vamos, que crecí pensando que era la Bestia. Viví mi toda mi infancia, toda mi adolescencia y gran parte de mi juventud creyendo que la única oportunidad de no perderme nada de aquello a lo que aspiraba la gente delgada era ser brillante en absolutamente todos los aspectos de mi vida, excepto en mi físico. ¿Se dan cuenta de lo que les digo? He pasado dos tercios de mi existencia creyendo que debía compensar el disgusto que se llevan ustedes al mirarme.

Tengo treinta y cuatro años y cuando me levanto y el espejo me devuelve mi imagen desnuda, cuando me palpo las caderas y el pecho, y recorro las marcas de las sábanas en el vientre y me pongo de perfil para mirarme el culo, todavía me sorprende que llegara el día, no podría decir exactamente cuándo, en el que pude hallar belleza en algunos rincones de mi cuerpo. Ya lo imaginarán ustedes: aquello no ocurrió por arte de magia y en realidad tampoco fue buscado. Nunca practiqué lo de intentar gustarme, porque nunca creí que pudiera gustarme algo que no me gustaba. Fue en el camino de otras deconstrucciones y en la práctica del mirarme a mí con los mismos ojos que a los y las demás, donde entendí que gorda y guapa (no “guapa de cara”, no soy un langostino, gracias) no eran antónimos.

Lo cierto es que pareciera que asistimos, en los últimos años, a la relajación de algunos cánones de belleza. La cuarta ola feminista ha enganchado a mujeres muy jóvenes que reivindican sus cuerpos tal y como son. La adolescencia de mis alumnas se desarrolla con referentes de siluetas no normativas (escasas, pero presentes), en el mundo de la música y de las redes sociales. Yo misma asistí boquiabierta, a partir de mis últimos años de carrera, a la proliferación de prendas de ropa a la moda y en tallas en las que quepo. Fue la propia euforia de poder ponerme todos aquellos vestidos, faldas y biquinis, la que me impidió ver que no era baladí el hecho de que este movimiento bodypositive, de visibilización de las mujeres curvy y buenrrollismo para gordas llegara de Estados Unidos. Como ha hecho con tantas otras discriminaciones, el capital abrazó la lucha contra la gordofobia para convertirla en un hashtag a través del cual un montón de influencers gordas defienden su derecho a consumir “libremente” tanta ropa hecha por esclavas en Bangladesh como las hacen las delgadas. El canon, para más inri, también llegó al movimiento: gordas sí, pero de cadera ancha, pecho generoso, cintura estrecha y cara bonita.

Me concederán que, de todos las condiciones físicas no canónicas, el de la persona gorda es una de las más castigadas socialmente y resulta duramente juzgada con doble rasero. Es el caso de la cosificación y la hipersexualización de las mujeres, que soportamos un nivel indecente de baboseo por parte de señores que se masturban pensando en cuerpos voluptuosos pero que son incapaces de asumir sus gustos públicamente. Yo no sé si ustedes se hacen una idea de lo que eso supone para el autoncepto de una mujer, especialmente durante su adolescencia. O qué decir, por ejemplo, de que aún siendo ampliamente aceptado por la Medicina que el sobrepeso o la obesidad son enfermedades multifactoriales en las que lo emocional y lo psíquico tienen muchísima importancia, la población gorda es culpabilizada (no digo responsabilizada, sino culpabilizada), de su situación, no solo por la sociedad, sino por muchos de los profesionales que deberían cuidarla. Estoy segura de que cualquier persona gorda que me lea habrá sentido, en algún momento de su vida, lo que es ir al médico, aunque sea por un lunar sospechoso o un dolor de muelas, con miedo de volverse con una desagradable y culpabilizadora reprimenda por el sobrepeso. Quiero dedicar estas lineas al aspecto físico y por lo tanto no seguiré profundizando en la salud, pero déjenme decirles que las gordas ya sabemos que tenemos que cuidarnos -muchas lo hacemos, ¿lo hacen ustedes?- y que rascando en recomendaciones que comienzan siendo bienintencionadas no suele haber más que gordofobia y odio. He visto como al Instagram de una amiga gorda que mostraba su cuerpo llegaba un comentario acusándola de apología de la obesidad y he oído cómo se acusaba a una profesora gorda de ser un mal ejemplo para su alumnado.

Me preocupa y me entristece el reduccionismo que aplicamos a la belleza y al deseo: cómo nos los negamos. “Me gustan las mujeres de verdad”, tiene que oír alguna a veces de boca de quien quiere halagarla. Salgo huyendo, porque detrás de esas palabras no hay más que la creencia de que la mujer gorda debe ser más dócil, más sumisa, más fiel. Y más entregada. Tienen ustedes suerte si nunca han tenido que oír que las gordas, por desesperadas, nos esmeramos más en felaciones. ¿Cómo puede gustarnos, solamente, la gente delgada o gorda, alta o baja, blanca o negra, joven o vieja? ¿Qué hay de las bocas, de las manos, del olor, de la profundidad de la mirada, de la sonrisa, de la forma en la que se bebe o se coge un bolígrafo, de los andares, de la voz, de la suavidad o la aspereza de la piel, del pelo?. ¿Puede, realmente, el ser humano, ser inútil hasta para detectar lo efímero? ¿Por qué permitimos que nos indiquen qué debe excitarnos?

No recuerdo cuándo descubrí que era gorda, como no recuerdo cuándo descubrí mi nombre, pero les aseguro que fue mucho antes de entrar en contacto con la “crueldad” infantil. A mí me enseñaron que era gorda los adultos que más me querían. Recuerdo alusiones a mí físico en el pediatra, en el patio de vecinas de mi abuela, en mi casa, en las tiendas, en las casas de familiares y más tarde en la guardería y en el colegio, mucho antes por parte del profesorado que de mis compañeras y compañeros. A mí, como a todos los niños y las niñas, los adultos que me querían me prohibieron muchas cosas que podían hacerme daño: no podía ir a una comunión en chándal, no podía desayunar bollicaos en los recreos, no podía trepar por las estanterías. Sin embargo, nadie me prohibió nunca, con nueve o diez años, taparme la barriga en la playa ni atarme una sudadera en el culo en clase de Educación Física. No aprendí, precisamente, en el patio del colegio, a utilizar un doble espejo para verme los michelines de la espalda y a desechar prendas que “hacían gorda”. Lo que quiero decir es que absolutamente nadie, cuando yo tenía doce, catorce, quince o veinte años, me dijo jamás que mi cuerpo era perfectamente válido para ser mostrado y que a nadie le chirriaba que yo lo tapara, porque el quid de la cuestión es que esta sociedad entiende que ser gorda está mal.

No hagan eso. No doten las subidas y bajadas de peso de alguien de valor moral. No feliciten a nadie por adelgazar, porque las gordas y los gordos solemos fluctuar de peso y las felicitaciones se convierten en dardos muy dolorosos cuando se engorda. De hecho, ¿saben qué? No comenten el físico de nadie. Permitan que sus criaturas militen libremente por el derecho a la belleza. A poseerla y a apreciarla.

Desháganse de su hipocresía y digieran de una vez el nombre de este blog. Recuerden, soy la dovela a la que miran desde sus posiciones en el semicírculo. No hagan como que no ha pasado nada. Soy “la gorda”. Y esta vez no me voy a ir a ningún sitio.

Hablen

 

Bendita cada onda, cada cable

bendita radiación de las antenas

mientras sea tu voz la que me hable

como me hablaste hace un minuto apenas.

Telefonía – Jorge Drexler

Reconozco la larga trenza negra porque la he reconstruido varias veces durante las guardias de patio. Su dueña suele acercarse al rincón donde busco un rayo de sol dando saltitos para calentarme, los días en los que hemos tenido bronca justo antes del recreo. Mordisquea un bocadillo y camina hacia mí enlazada del brazo de una amiga. No dice ni mu, pero se me para a unos centímetros, se da la vuelta, se quita la goma y se deshace de su compañera. No sé si viene a pedirme perdón, a que se lo pida yo, a que le riña o a asegurarse de que este enfado también se me pasará, porque no hablamos. A veces tengo la tentación de decirle que tiene la trenza perfecta o que no tengo ganas de arreglársela, pero no lo hago nunca. Recojo los pelitos que se le escapan por las sienes, aprieto los mechones, ajusto el elástico y le doy unos golpecitos en el hombro para hacerle entender que he terminado. Ella se vuelve, me mira a los ojos y me dice: “gracias, maestra”, justo antes de echar a correr.

Hoy he aprovechado la hora del paseo para acercarme al barrio donde trabajo. Y apurando la calle que me lleva al instituto, sentada a horcajadas sobre uno de sus compañeros de clase en un banco, reconozco, como digo, esa trenza desde lejos. Pudorosa, bajo los ojos rápidamente, pero él me ha visto y se lo cuenta. Ella se levanta y me grita: “¡Maestraaa!”. Sonríe y sonrío yo también. Nos separan ocho o diez metros de calzada que no me impiden ver cómo muta el gesto de su cara: el paréntesis de la boca se cierra, las cejas se fruncen, la barbilla tiembla. Levanto la mano en un gesto de despedida sin haber dicho una sola palabra -no las encuentro- y me alivia notar que la primera lágrima moja el borde de mi mascarilla cuando ya he torcido la esquina.

Me pregunto en estos días sobre el efecto de la cuarentena en la comunicación. Muchas hemos aumentado la frecuencia de las conversaciones con nuestros seres queridos e incluso recuperado el contacto con personas que, de forma permanente o provisional, habían desaparecido de nuestras vidas. Hablamos más y así conseguimos matar el aburrimiento, pero ¿cuántas palabras tienen ustedes atravesadas en la garganta? ¿Han conseguido escupirlas estos días? Lo cierto es que me doy cuenta de que el episodio de mutismo con mi alumna es una constante en nuestras relaciones. Hablamos de nuestra rutina, de política y puede que seamos incluso capaces de relatar a terceras personas cómo nos hace sentir alguien. Pero, ¿por qué resulta tan difícil pedir perdón, confesar un enamoramiento o preguntar ciertas cosas?

Por uno lado, quienes expresan sus sentimientos a pecho descubierto son vulnerables a los ojos de una sociedad para los que estos son un lastre y en la que la productividad y el éxito son los méritos más valorados en la vida. No solo priorizamos nuestra maltrecha vida laboral, nuestras necesidades de consumo (de cuerpos incluidas) o nuestra reputación, sino que dejamos por el camino cadáveres a los que no les damos ninguna explicación. Y es que ahí está el problema: hablar es también un compromiso, que una cultura posmoderna y enarboladora de un concepto perverso de libertad, más cercano al liberalismo, no está dispuesto a asumir. La comunicación suele requerir, por propia definición, continuidad o explicaciones ante una interrupción. Tiene hasta nombre, ghosting, esta deplorable y habitual práctica de desterrar a la más cruel e inesperada nada comunicativa a quien sufre esperando una respuesta.

Vivimos, por otro lado, en la perpetua cultura del zasca. Hablar es sentenciar. Me cuesta desprenderme, en mis interacciones, de la pegajosa sensación de que cualquier cosa que diga puede producir un enfado sin vuelta atrás en mi interlocutor. Una no solo debe tener un cuerpo perfecto, un trabajo de éxito y ser siempre feliz, sino que no puede desdecirse, ni siquiera matizar, no digamos ya negar todo lo que ha dicho anteriormente. Borro constantemente audios y mensajes de texto en aplicaciones de mensajería instantánea por miedo a parecer demasiado lo que sea. Cuando no lo hago, no hay segundas oportunidades sino castigos. Demasiado deprisa, demasiado borde, demasiado intensa, demasiado largo, demasiado imprecisa. Es axfisiante.

Se impone el silencio sancionador hasta en el camino de deconstrucción y aprendizaje hacia un mundo sin opresiones ni discriminaciones, que debería ser un espacio liberador. Y pienso, por ejemplo, en la punzada de celos que noto en un hombre al que le gusto. Avergonzado de su emoción, se enroca y se aleja, como si estuviera tomando conciencia de estar a punto de arruinarse la vida por no asumir en el tiempo socialmente establecido un amor no romántico de libro. No admite, no pregunto, no hablamos. 

Como ocurre en la música, en ocasiones el silencio forma parte de la propia comunicación y entonces presenta un valor incalculable. Sin embargo, en otras, la música se para porque se rompe una cuerda, se ralla el disco o se cae el wifi. Y entre ese silencio y lo que se dice cuando la comunicación se retoma, hay una verdad irremplazable: lo que se quiere decir. Tiren de ella, sáquenla a la luz, déjenla volar hacia su interlocutor. Hablen: sean bálsamo contra tribulaciones ajenas y propias. Yo les prometo que mi próxima trenza tendrá banda sonora.